Hay experiencias que no se explican, se viven. Y vendimiar en Viña Pomal es una de ellas.
Durante unas horas, el tiempo se detuvo entre los viñedos de Haro, donde el sol de Rioja baña las hojas y el aire huele a tierra húmeda y a historia. Las manos se manchan, el cuerpo se inclina una y otra vez, y el alma se ensancha con cada racimo que cae en la caja. No hay glamour, no hay etiquetas; sólo el sonido de las tijeras cortando los racimos y el silencio profundo del campo que respira.











Viña Pomal no es sólo una bodega centenaria: es una escuela de respeto por la vid y por quienes la trabajan. Allí comprendí que detrás de cada copa hay horas de esfuerzo, decisiones minuciosas, y una relación íntima con la naturaleza. Vendimiar no es solo cortar uvas; es ser parte de un ciclo ancestral que une al hombre con la tierra.
Por momentos, me detuve y miré alrededor. Las hileras se perdían en el horizonte, los compañeros —algunos en silencio, otros riendo— avanzaban parejos, y las cajas se llenaban de futuro. La luz de la mañana jugaba entre los sarmientos y el río Ebro corría cerca, como si también acompañara la cosecha.
Fue un instante, pero lo recordaré siempre: el contacto directo con la uva, la piel tibia del fruto recién cortado, el cansancio en las manos y la satisfacción en el pecho. En ese momento entendí que el vino nace de algo más que técnica o terroir: nace de la entrega, de esa conexión entre quien corta el racimo y quien luego lo disfruta en la copa.
Volveré a Rioja, sin duda. Pero ya no como visitante: volveré sabiendo que, por unas horas, fui parte de Viña Pomal.
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