Por: Mauro Charvey
Cuando Lionel Messi contó que a veces toma vino con un poquito de Sprite, pasó algo interesante: el vino volvió a estar en boca de todos. No por una cata técnica ni por una medalla internacional, sino por una costumbre simple, cotidiana y sin solemnidad. Y eso, para el vino, es una buena noticia.
Durante años el vino cargó con un problema serio: se lo volvió rígido, lleno de reglas, casi intimidante. Que la copa correcta, que la temperatura exacta, que si se puede o no mezclar. Mientras tanto, las nuevas generaciones miraban de lejos y elegían otra cosa. Messi, sin proponérselo, rompió ese molde.
¿Está “bien” tomar vino con Sprite? La respuesta honesta es simple: si te gusta, sí. El vino no pierde dignidad porque alguien lo mezcle. Al contrario, gana presencia. Se mete en la conversación diaria, sale del pedestal y vuelve a la mesa real, esa donde la gente toma lo que quiere y como quiere.
Esto no invalida el disfrute de una buena copa de vino sola, bien servida, con tiempo y atención. Todo lo contrario. Las dos cosas conviven. El que entra al vino por una mezcla, mañana puede descubrir un Malbec, un Bonarda o un blanco bien fresco y empezar otro camino. El vino no se defiende prohibiendo, se defiende invitando.
Messi no dio una lección enológica. Dio algo más importante: mostró que el vino no es exclusivo, no es snob y no tiene dueño. Es una bebida cultural, popular y flexible. Y hoy, en un contexto donde el consumo viene cayendo, cualquier gesto que lo acerque a la gente suma.
Después, claro, está el otro disfrute: sentarse, servir una buena copa y tomar vino por el simple placer de hacerlo. Sin mezclas, sin apuros. Pero eso viene después. Primero, que el vino vuelva a circular, a hablarse, a compartirse. En eso, aunque a algunos les moleste, Messi le hizo un favor enorme.
