Cuando imaginamos la Semana de Mayo solemos pensar en paraguas, escarapelas y el Cabildo. Pero hay una pregunta que pocas veces aparece: ¿qué vino tomaban quienes protagonizaron aquellos días que cambiaron la historia argentina?
En mayo de 1810, mientras las discusiones políticas hervían en Buenos Aires y se gestaban los primeros pasos hacia la independencia, el vino ya formaba parte de la vida cotidiana. Aunque muy distinto al que hoy conocemos, estaba presente en las mesas, las reuniones y también en las pulperías donde circulaban noticias, debates y rumores.
Claro que si Mariano Moreno, Belgrano o Castelli se sentaran hoy frente a una copa de Malbec probablemente quedarían sorprendidos. El vino de aquella época era otro universo.
En tiempos coloniales, buena parte de los vinos llegaban desde España, aunque ya existía una producción local que comenzaba a desarrollarse principalmente en Córdoba, San Juan y Mendoza. Los jesuitas habían impulsado una importante actividad vitivinícola y algunas estancias se habían convertido en centros productores relevantes.
El proceso de elaboración poco tenía que ver con la precisión enológica actual. No había tanques de acero inoxidable ni control de temperatura. Las uvas eran pisadas o prensadas de forma artesanal, el mosto fermentaba en grandes tinajas y el almacenamiento también se realizaba en recipientes de barro o madera.
¿Y cómo eran esos vinos? Los relatos históricos describen bebidas generalmente rústicas, de menor estabilidad y con perfiles alejados de los varietales modernos. Había vinos dulces, vinos fuertes y algunos elaborados para soportar largos viajes. El concepto de «expresión del terroir» estaba todavía a siglos de distancia.
Paradójicamente, la Revolución de Mayo también terminó impulsando al vino local. Con el proceso revolucionario y la transformación política del Virreinato, comenzaron a disminuir las importaciones españolas y creció el desarrollo de producciones regionales cercanas a Buenos Aires y especialmente en las provincias cuyanas.
Incluso algunos espacios emblemáticos donde se discutían ideas revolucionarias tenían vínculos con el mundo de las bebidas. El histórico Café de Marco, punto de encuentro de muchos protagonistas de la época, funcionaba también con botillería y bodega. Entre conversaciones políticas y discusiones sobre el futuro del territorio, seguramente alguna copa circuló por las mesas.
Doscientos años después, Argentina se convirtió en uno de los grandes países vitivinícolas del planeta y el Malbec pasó a transformarse en un símbolo nacional. Resulta curioso pensar que aquella revolución que buscó cambiar el destino político de un territorio también terminó influyendo, aunque indirectamente, en el desarrollo de una identidad vitivinícola propia.
Quizás la próxima vez que llegue un 25 de Mayo, además del locro y las empanadas, valga la pena levantar una copa y brindar imaginando qué habría servido una pulpería de 1810. Seguramente no sería un Malbec de altura ni un Cabernet Franc con paso por barrica. Pero también contaría una historia.
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