Entre las galerías subterráneas de Codorníu, un mural llama la atención de todos los visitantes: un enorme árbol genealógico pintado sobre los muros de ladrillo que narra más de 18 generaciones de la familia Raventós–Codorníu.
Cada rama lleva un nombre, una fecha, un eslabón de una misma historia que comenzó en 1551 y que, cinco siglos después, sigue viva.
El árbol no es solo una obra decorativa: es un recordatorio de continuidad. En él aparecen los nombres de Miguel Raventós, quien elaboró el primer Cava en 1872, y los de tantos antepasados que cuidaron la tierra, las uvas y el legado.

En el centro del mural, una vitrina guarda una botella simbólica: la unión entre pasado y presente.
Allí, el guía explica con orgullo que “cada generación no solo heredó una bodega, sino una forma de entender el vino”.
Caminar frente a ese árbol es entender que Codorníu no se construyó en años, sino en siglos, y que cada botella que descansa bajo tierra tiene raíces tan profundas como las de esa familia.
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